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13-03-2015 12:55

Víctima de trata en un desesperado pedido: "Las necesito a todas", reclamó

Con una conmovedora carta en la que desnuda años de padecimientos, Alika Kinan, la víctima de trata que desde el área de Desarrollo Social hace meses se intenta desalojar de la vivienda que le prestaron luego del rescate, apeló a la solidaridad de sus congéneres y organizaciones civiles.
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La carta está fechada el 12 de marzo y la hizo pública en la red social Facebook. Allí se dirige a “mis queridas compañeras”, para exponer su situación actual y “un pedido desesperado a todas de difusión”, en el que pide ayuda también a las organizaciones civiles.


“Como muchas ya bien saben, soy sobreviviente del delito de trata”, dice, mencionando su rescate en octubre de 2012 de la whiskería “Sheik” de Ushuaia, cuando tenía 36 años.


“Fui y sigo siendo víctima de muchas formas de violencia: violada a los 14 años, hija, nieta y sobrina de mujeres que fueron prostituidas por el sistema patriarcal. Mis padres me abandonaron a la edad de 16 años, dejando a mi cargo a mi hermana de 10”, relata en su mensaje.


Reconoce que con esta historia sobre sus espaldas “el propio sistema me ‘inserta’ en una red de trata, donde además de que me vulneran todos los derechos, se me explota sexualmente. A los 18 años llego hasta Ushuaia, donde los tratantes dan esa imagen falsa de familia que nunca tuve y se me cuida (se me cuida de que nadie me abra los ojos, que siga siendo productiva, se me incorporan hábitos de limpieza, orden y puntualidad para conformar a los consumidores de prostitución)”.


Ese fue su primer paso por la capital fueguina, como extranjera “no tenía ni DNI”, dice, de lo cual se ocupan sus proxenetas.

“En la policía provincial se me hace una apertura de legajo, donde se comprueba si podía ser una buena ‘prostituta sin antecedentes’, se me lleva a Municipalidad para que me hagan una libreta sanitaria (con periódicos análisis de HIV y exudados vaginales, para no contagiar ni empestar a ningún consumidor de cuerpos)”.


Cuenta que “desde el año ‘96” fue explotada “de manera sistemática y diariamente, en la provincia más austral del mundo, donde ser prostituta era un orgullo, ya que las mujeres no venían a esta isla por propia convicción: acá se venía a que los gendarmes, militares, policías, tengan mujeres a su disposición para saciar sus necesidades. Sobreviví no sólo a esto, sino a intentos y violaciones consumadas, manoseo diario, peleas, golpes y sangre, mucha sangre, marcas en la cara y otras partes de mi cuerpo”, describe del horror cotidiano.


“El alcohol y las drogas eran buena alternativa de poder hacer más llevadera esta situación. No tengo muchos recuerdos, o quedaron borrosos, tapados de recuerdos un poco más amables”, agrega sobre la exposición a adicciones que van consumiendo a las víctimas, y donde son responsables también los proxenetas que las mantienen cautivas por esta vía.


Describe a Ushuaia como un “puerto de muchos barcos, pesqueros y militares, nacionales y extranjeros”, y dice que así conoce a quien sería su primer marido, primero cliente que “pagaba y compraba mi cuerpo a mi proxeneta, a quien vendí mi alma por una promesa de vacaciones en la costa europea, de las que nunca volví”.


Se escapó de la red de trata, para caer en otro calvario: la violencia de género y la esclavitud a la que fue sometida por su pareja. “Era una mujer fácil de engañar y sin derechos, totalmente vulnerada, el sueño de un hombre machista, que pedía sexo cada día. Era alguien a quien podía golpear y que podía atenderlo como la esclava que era. Así pasé muchos años de mi vida, tuve tres hijas hermosas, que llegaron a mi mundo para cambiarlo”, marca como punto de inflexión.


De hecho, la golpiza a su hija mayor termina siendo el detonante para terminar con esa relación. Alika, desde que fue madre, vio surgir “una leona que tenía dormida. Alikita, mi hija mayor tenía ocho años y yo un embarazo avanzado; hacía sus deberes y tomaba la leche, negada a las matemáticas y terca no quería hacer sus tareas”, cuenta del momento en que su padre, “una fuerza bruta de 130 kilos”, le da “un golpe en la nuca para hundirle la cara en su carpeta”.


Ahí comenzó su reacción: “Tiro la escoba con la que barría para saltar encima de él y defender a mi hijita que chorreaba mocos de sangre… ese día tomé la decisión de irme, no sé como ni cuándo, ni con qué, pero tenía que irme”, dice, aunque tuvo que esperar al parto, que se adelantó a los siete meses. Describe esta nueva hija como “una enorme bebé rubia. Ya estaba lista para poder irme y vuelvo a Argentina, con mis hijas a la rastra, miles de sueños en hilachas y más marcas en el corazón”.


Alika volvió a lo único que conocía: la prostitución y sus viejos proxenetas. “La única opción era volver con ellos, los que me habían explotado durante años. Los ubiqué y, alegres de que vuelva, enseguida mandaron el billete de avión, me dejaron dinero para mis gastos y una vez más estaba endeudada. Acomodé mis hijas lejos de mí, para que no vean la madre que tenían. Periódicamente me comunicaba y procuraba mandar dinero para gastos”.


Igualmente debió lidiar con “un ex furioso con promesas de que me iba a destrozar de todas las maneras posibles”.


Salió de la esclavitud del marido, para volver a la esclavitud sexual y las adicciones. “Mi objetivo era poder encontrar, entre copa y copa, una respuesta a tanto dolor. Llega el día del allanamiento. Ya no eran tres hijas, eran cuatro, todas mujeres. Entran al local y al departamento los gendarmes, fiscales, secretarios”, cuenta del momento del rescate.


Pero reconoce que a esa altura los veía “como el enemigo que venía a dejarme sin la única opción de vida que tenía”.
Agrega que “lloraba y decía que mi ‘papasan’ era muy bueno”, en referencia a su proxeneta.


Se había aprendido “el speech de memoria”, admite, aunque la historia había cambiado en Ushuaia y en el país. “De nada servía. Teníamos que sacar todas nuestras cosas”.


Sin embargo la lucha contra la trata no está completa sin una salida para las víctimas. Alika relata que volvió a buscar a sus hijas “con más problemas que antes y con mucho que pensar”, incluso la pregunta de si “era víctima o no”.


“¿Cómo yo iba a ser víctima, con lo leona y luchadora que era!”, dijo de su convicción al momento de declarar ante el fiscal. Pero admite que “a mitad de la declaración entendí que algo no estaba bien en lo que decía”.


En ese momento, “lo único que quería era estar con mis hijas”, y tenía que ir a buscarlas. Por eso avisa a la fiscalía que deja la provincia, pero pensaba volver.


A su regreso, la historia es más conocida por la difusión que tuvo en los medios: “la Fiscalía se pone en contacto con Desarrollo Social de provincia y se me entrega la llave de una casa, firmando un acuerdo por un mes y 20 días. Se comprometieron a ayudarme a resolver muchas cosas, a las cuales jamás dieron respuesta”, dice.


Lo que disponen los protocolos de la ley de trata, “todo se lo saltaron” y el día de la madre de 2013, “por capricho de la Ministra (Marisa Montero) que no quiso cambiar el calefón, tuvimos una intoxicación”.


Bomberos, ambulancia para las nenas que “habían caído como mosquitas encima de la mesa, y todos hospitalizados”, es la escena que describe y marca la solución oficial: cortar el gas y dejarla sin calefacción, además de reclamar que abandone la casa.


“La casa ni siquiera tenía un lugar donde lavar los platos, yo lavaba en una palangana los platos y bañaba los nenes así”.


La versión del gobierno habla de una Alika que “se negó a recibir ayuda” que “ya no es víctima de trata” porque su pareja tiene trabajo. La justicia, lamentablemente, comparte el criterio aun con todos los antecedentes de explotación y su situación vulnerable.


“Hoy por hoy me llegó también una demanda por desalojo, a pesar de que hay un amparo que aún no está cerrado. El amparo fue desestimado en Cámara, porque decían que no era víctima, según un criterio de una asistente social”, dice de la violencia institucional que se sumó a todas las versiones de violencia que padeció en su vida.


“Si se le daba curso a una demanda de esta índole, se me llenaba la isla de putas”, asegura que le dijo el juez, por canales informales, para justificar una decisión difícil de explicar.


“La justicia federal me reconoce como víctima. La causa se está elevando a juicio y es un caso testigo a nivel nacional, y esperamos sentar precedente, porque la víctima es también parte querellante en la causa”, dice en medio de una pelea que no abandona.


La contención psicológica la ayudó, primero a cambiar por dentro, y ahora a intentar mover las instituciones para que los derechos no sean letra muerta. “Todo este camino lo hice prácticamente sola, con la ayuda de mi psicóloga. Este año inicié mis estudios en la universidad y aún sigo peleando por un trabajo digno y todo lo que me corresponde por derecho. Les pido a mis compañeras feministas, organizaciones, colectivos, que me acompañen en este camino por mis derechos. Que los funcionarios dejen de violar leyes fundamentales, que luchemos contra el sistema prostituyente, contra los machos violentos y, sobre todo, para que se deje de perseguir a las víctimas como si fuera una cacería de brujas”, es su reclamo público y mensaje a la sociedad.


A los medios, reclama solidaridad y “apoyo mediante la visibilización de esta situación, sea por comunicados, lo que se les ocurra”.


Y especialmente a las mujeres, les dice “las necesito a todas”, dispuesta a brindar toda la información adicional que le requieran. “Las necesito. Gracias, Alika”, concluye la carta.

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